El confit es la carne confitada de pato u oca (generalmente el muslo) y conservada en su propia grasa. Se trata de una preparación típicamente francesa que, por lo lento de su preparación (hay que cocinar la carne durante horas a fuego muy suave) suele encontrarse enlatada o congelada.
Aunque la carne viene cocinada, hay que darle un toquecillo final, calentando las piezas en el horno y dorándolas en la sartén o el grill durante unos minutos. Se acompaña de una guarnición suave.
Para la de manzana y pasas hay que dorar una cebolla (para cuatro muslos) en la propia grasa del pato. Una vez que la cebolla tome color, se añaden cuatro cucharaditas de miel y un chorro de vinagre (perfecto el de p.x.). Tras un par de minutos, se añaden 3/4 de litro de caldo de carne y se deja reducir. Es el momento de pelar tres reinetas pardas, cortarlas en láminas finas y añadirlas a la sartén junto con una cucharada de pasas.
Voilà, solo queda servir y disfrutar de un sabroso plato.
Menuda cena nos pegamos la otra noche. Preparé unos chicharros al horno, unos de mis pescados favoritos, con una farsa muy sabrosa. A tan suculenta y contundente cena le acompañó una bodega de Viña Esmeralda (D.O. Penedés), un coupage de moscatel de Alejandría al 85 % y gewürztraminer al 15 % especialmente aromático y apenas ácido.
¿Vamos con la receta? Los chicharros los preparé desespinados y sin cabeza, así que así se los pedí al pescadero, pero comencemos con la farsa… Primero se fríe media cebolla y, cuando esté dorada, se sala ligeramente, se añaden 100 gr. de bacón limpio de ternillas y en tiras y se continúa dorando. Para entonces, ya habremos de tener limpios y laminados 200 gr. de champiñones, que se añaden a la sartén. ¡Ummm, qué bien huele! Es el momento de salar de nuevo y especiar. Yo le puse perejil y una pizca de tomillo. Ya está la primera parte.
En segundo lugar, los chicharros se lavan, salan y rocían con limón. Ahora viene el momento más difícil del proceso, el de rellenarlos con el champi y el bacón y atarlos bien atados para que la farsa no se salga y podamos trasladarlos sin problemas a la fuente de horno. Para esta preparación yo no me decantaría por cerrar el pescado con palillos, mejor el hilo de cocina. Si no te apañas con dos manos, bien puedes pedir prestadas un par más…
¿Conseguido? Pues a la fuente, con un chorro de vino blanco o -como es mi caso- de cava y, después, al horno unos 20 min. a 180º C. ¡Menudo festín!
El Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino ha concedido al premio Alimentos de España al Mejor Aceite de Oliva Virgen Extra de la Campaña 2008-09, además de los mismos premios en las categorías de producción convencional y producción ecológica.
En la categoría de Aceites de oliva virgen extra de producción convencional el mejor aceite frutado verde amargo fue Aroden, S.A.T., de Carcabuey (Córdoba). El premio al mejor aceite frutado verde dulce recayó en Galgón 99, S.L., de Villanueva de la Reina (Jaén). Molí la Boella, S.L., de La Canonja (Tarragona) fue considerado el mejor aceite frutado maduro.
Dos son los galardonados dentro de la categoría de Aceites de oliva virgen extra de producción ecológica: Explotaciones Agropecuarias La Moncloa, de Mascaraque (Toledo) y Galgón 99, S.L., de Villanueva de la Reina (Jaén).
El MARM concede estos premios con el objetivo de promocionar los aceites de oliva vírgenes españoles de la más alta calidad, así como estimular su obtención y comercialización.
Menuda afición hemos cogido en casa a la carrillera, una carne con un precio a prueba de crisis que preparamos estofada. Ahí van los ingredientes:
1 Kg. de carrillera
1 bolsa de calabaza pelada
200 gr. de queso de cabra en rulo
2 puerros
2 cebollas
2 zanahorias
1 tomate
3 ajos
2 vasos de vino tinto
Brandy
Laurel
Harina
Pimienta en grano
Sal
Primero se limpian bien las carrilleras, se salpimentan, se pasan por harina y se fríen. Toca reservarlas.
En una olla se doran los puerros, las cebollas, las zanahorias y, por último, los ajos, el laurel y la pimienta. Cuando hayan tomado color, se añade un tomate pelado y sin pepitas y se vuelve a freir. Ahora se añaden dos vasos de un buen tinto y se deja reducir.
Operación delicada: se añaden las carrilleras y se flambea con brandy (ya sabéis, con el brandy caliente, pero antes de que pierda el alcohol ¡cuidadín con el pelo!), se añade sal, azúcar y se cubre la carne con agua. Ahora, toca cocer (en mi olla, 40 min.).
Mientras tanto, se pica la calabaza y se pocha en una sartén, sin olvidarnos luego de la sal. Cuando la calabaza termine de hacerse, la carne ya estará cocida, que se separa de la salsa para pasar esta por la batidora y volverlas a juntar.
Para emplatar en mi tupper de Carrefour, carne y salsa por un lado; calabaza por otro. Sobre ellas, una rodajita de queso de cabra, que se fundirá cuando calentemos nuestra “comi” en el microondas.
De acuerdo, los chipirones con los que he preparado esta receta no son maravillosos, sino de esos que vienen rellenos con sus propias patitas, pero igualmente me han servido para llenar hoy mi tupper con algo apetecible por pocos euros.
Primero se pica una cebolleta y se pone a pochar en aceite de oliva. Se añade algo de sal y, seguidamente, los chipirones rellenos, una hoja de laurel y unas hebras de azafrán. Cuando los calamares han tomado color se añade un vaso de vino blanco y agua hasta casi cubrir los calamares. Se añade sal y se deja cocer unos 25 minutos.
Mientras tanto, se pelan unas patatas y se añaden chascadas. Se vuelve a poner a cocer otros 20 minutos aproximados.
Como este plato tiene un color tan sumamente aburrido, puede alegrarse con perejil picado o, como en mi caso, con alga nori en copos.
Un post anti-bikini, con un buen tupper de este plato vegetariano al mediodía ya andáis aviados para tirar bien el resto de jornada.
Para cuatro raciones se necesita:
500 gr. de cuscús
1 frasco de garbanzos cocidos
1 cebolla
1 pimiento rojo
1 lata de leche de coco
mostaza a tu gusto
curry
medio limón
leche
aceite de oliva
Lo primerito se pone a pochar una cebolla picada y, al rato, el pimiento rojo también limpio de semillas y picado. Mientras tanto, se lavan los garbanzos cocidos y, escurridos, se añaden a la sartén. Vuelta por aquí, vuelta por allá.
Es el momento se añadir la riquísima leche de coco con todo su sabor y su aceite, deseoso de formar michelín, y llevarlo a ebullición. Al conjunto se le pone color con un par de cucharaditas de curry, otras tantas de mostaza (yo esta vez la he puesto en polvo; otras veces, dulce) y el zumo de medio limón (cuidadín, sin pepitas).
En este momento, gracias al aroma del coco, es normal querer zamparse la sartén completa, pero hay que esperar que el conjunto se ligue. A mi me gustan los garbanzos tiernitos, con lo que lo dejo cocer un buen rato. Como para entonces se habrá evaporado parque del líquido, pongo un buen chorro de leche (ahora no vale arrepentirse y ponerla desnatada, ya es tarde) para no quedarme sin salsa.
Vamos con el último paso, el fácil, el cuscús (siempre que sea bueno, no como este traicionero de La Familia que he comprado esta vez). Tan solo hay que prepararlo según las instrucciones del fabricante: hervir agua salada, añadirla a la sémola, reposar y separar los granos con una cucharada de mantequilla. Otra idea, en vez de cuscús, usar arroz de grano largo.
Y vamos, que nos vamos. En el fondo del tupper, una buena cama de cuscús. Sobre él, los garbancitos tailandeses (¿no es vuestra leche tailandesa?). Ya veréis qué rico.
Este sencillo plato es un clásico en mi casa. Su historia se remonta a un verano de los 90 en que yo estudiaba de cara a septiembre y el que entonces era mi novio se prestaba voluntario a alimentarme dando sus primeros pasos en la cocina.
Por eso de que combina proteínas animales y verduras, solemos tomarlo como plato único.
Necesitamos pechugas de pollo, mejor sin filetear, pimiento rojo y verde, cebolla, una lata de champiñones laminados, limón, pimienta, sal y aceite.
La pechuga se corta en taquitos, se salpimenta y se saltea con aceite en una sartén o wok. Una vez que el pollo ha tomado color, se aparta.
En la misma sartén, ya sin pollo, o en otra en simultáneo, se pocha el pimiento rojo en brunoise. Cuando se ha hecho ligeramente, se añade la cebolla, el pimiento verde y el champiñón escurrido, siempre en ese orden, que se van salando. Por último, se añade el pollo y el zumo de medio limón.
Se me está ocurriendo que, como está todo troceado, esta noche me lo como con palillos…
Yo, que tan solo hace dos días que he aterrizado en la grata experiencia de la cocina peruana, voy a permitirme recomendaros a los que aún no habéis probado el ceviche (o cebiche), que lo hagáis.
El ceviche es, junto con el Pisco Sour, uno de los emblemas de la pujante cocina peruana. Se trata de pescados o mariscos macerados en limón, sal y especias como el ají y el cilantro -casi al estilo de nuestros boquerones en vinagre. Para mitigar el picante de la cebolla con la que se acompaña, suele servirse con yuca o patata, ya sean fritas o hervidas.
Este que aquí veis, con una rodaja de lima como decoración, está preparado con mero, y lo sirven en el asiático-peruano Hakkasan. A mi me gusta más cómo sirven el de pescados y mariscos -e incluso con moluscos- en D’Valeria, mucho más abundante y con variedad de ingredientes, como el maíz.
Uno de los mejores ceviches del mundo -dicen- se sirve en los restaurantes de Gastón Acurio, como el madrileño Astrid & Gastón. Para eso aún nos queda un trecho…
Sin habérmelo propuesto esta semana he preparado un plato de Cuaresma, abadejo al horno sobre una cama de espinacas, que bien podría haber hecho con bacalao, también al punto de sal.
Para preparar unas espinacas bien jugosas (incluso congeladas, como estas), piqué una cebolla, que puse a pochar, y a la que luego añadí un ajo también picado y sal. Cuando el ajo se dora, se añaden las espinacas descongeladas. Para cuatro raciones añadí tres cubos de espinacas. Sal y a saltear de nuevo. Mientras, vamos calentando el horno.
Una vez cocinadas las espinacas, se ponen formando una cama en una fuente de horno y, sobre ellas, el abadejo, que se rocía con zumo de limón. Por último, unas briznas de emmental rayado y diez minutitos de horno (no como yo, que estoy en cien saraos a la vez y, al final, se me seca el pescado).
El pollo asado es un plato que se me resiste no porque me salga malo, sino porque comparado con el de mi madre… pero voy mejorando y por ello me atrevo a incluirlo en el blog, especialmente porque se congela en tuppers individuales sin mayor problema.
Yo suelo comprar (esta vez tocó en el Hipercor Pozuelo) tantos cuartos traseros como caben en mi fuente de horno, seis cuartos seis. Primero hay que limpiarlos de plumas, salarlos y rociarlos con el zumo de un par de limones. Ahora que están húmedos es el momento de añadir muuuchas especias: pimienta negra, orégano, tomillo y laurel. Los limones exprimidos se lavan y se introducen también en la fuente, que vuelve al frigorífico durante unas horas para que el pollo macere. Se puede incluso preparar el pollo un día y hornearlo al siguiente.
Mientras se calienta el horno a unos 180º C, se pelan unas cebollitas francesas (yo hoy no tenía, con lo que tocó cebolla española) que, añadidas a la fuente, sirven como deliciosa guarnición. Primero, el pollo con un lado; luego, por el otro, y así el horneado resulta homogéneo. Antes de que esté asado completamente se puede añadir un chorro de vino blanco que le aporta un toque… ¡ummmm! Estará asado en una hora y media aproximadamente.
Otra guarnición más calórica, e igualmente deliciosa, es la de patatas fritas en tacos, que se añaden al final del horneado justo para empaparse del jugo del pollo. ¡Me encantan! Vamos, que hoy, con un menú tan terrenal me dan ganas de irme a cenar a Ginza…