Hace más de un mes que publiqué mi anterior post en www.unmenudeldia.com. Podría contar que he estado liada, enferma o que he tenido problemas familiares, pero lo que en realidad ha ocurrido es que no me apetecía escribir. Ni más ni menos. Hoy, sin embargo, espero reemprender este pequeño proyecto por más que el rencor de la aplicación de Wordpress se empeñe en lo contrario.
Para la ocasión, una propuesta sencilla y que casi tenía olvidada, una ensalada de judías blancas en conserva. La foto da pistas de casi todos los ingredientes que usé para esta, pero como alguno va muy picado, ahí va la lista:
un bote de judías blancas en conserva
un tomate para ensalada
una lata de maíz dulce
una cuchara de alcaparras en vinagre
media rama de apio
zanahora agridulce en conserva
barritas de surimi
Las judías blancas deben escurrirse y lavarse, a las que se suman el resto de los ingredientes y, como aliño, sal, vinagre de manzana y un buen chorro de aceite de oliva. ¡Buen provecho!
Últimamente estoy muy perruna para cocinar, pero hay que seguir alimentándose bien, así que ayer opté por preparar en el microondas un calabacín relleno. ¿De qué? De un montón de cosas que encontré en el frigorífico. Bien es cierto que ya había descongelado un puñado de gambas peladas, así que este fue el punto de partida.
Para dos personas utilicé un calabacín, que bien lavado partí por la mitad y luego abrí longitudinamente. Lo salé y lo coloqué en una fuente apta para el microondas. En el fondo de la fuente, un chorro de agua y, sobre ella, una tapa para micro. Así, el calabacín casi se cocina al vapor durante 3 min. a máxima potencia. Pasado este tiempo, se saca la fuente y se mueve el calabacín para que se cocine por todos los lados y se vuelve a introducir en el micro otros 3 min.
Mientras tanto, en un cuenco, se mezclan las gambas con 3 ó 4 anchoas troceadas, una lata de atún en aceite (escurrido), un puñado de aceitunas verdes deshuesadas y cortadas en rodajas, unas briznitas de pimiento asado y un par de cucharadas de tomate triturado. Una vez cocidos los calabacines se extrae la pulpa. En mi caso, la pulpa fue a la basura, porque contenía demasiadas pepitas, pero bien se puede picar y mezclar con el resto de los ingredientes.
Tan solo queda escurrir la fuente, rellenar los calabacines, rematar la farsa con un pelín de pan rallado y cocinarlos en el horno durante un par de minutos.
Andrés Madrigal, que es un tío polivalente, activo y desprendido, hace unos días difundió a través de Las cosas de los jueves su receta de la sopa de tomates San Marzano con fresas, cerezas y almejas al natural en conserva que no puedo más que recomendaros con fervor por su sabor, ligereza y facilidad de digestión. Al igual que la crema de remolacha, la preparé como entrante para la cena, pero también puede presentarse en pequeños vasitos de aperitivo.
Empiezo diciendo, parafraseando a Madrigal, que “San Marzano es una región en Italia, la cual es muy, pero que muy famosa por sus tomates plum o pera”. Yo, como no hay receta que respete al 100%, os cuento mi versión de los hechos para cuatro raciones:
12 tomates pera
250 gr. de fresas
150 gr. de cerezas
1 lata de almejas al natural
unas hojas de menta
aceite
vinagre balsámico
sal
azúcar
pimienta
Mientras se calienta agua en una cazuela, se lavan 12 tomates pera. Cuando el agua hierva, se escaldan los tomates (reservando uno para picar) durante poco más de un minuto. Se dejan enfriar ligeramente, se pelan y se ponen en la batidora de vaso junto con 200 gr. de fresas, un par de cucharadas de azúcar, sal, pimienta, vinagre, un chorro de aceite y un cazo del agua de escaldar los tomates. Batirlo hasta que esté muy fino y reservar en frío.
Ahora toca preparar el picadillo que sirve de guarnición. Hay que despepitar el tomate que habíamos reservado previamente y cortarlo en cubitos. Se coloca en un tazón, se añade pimienta y azúcar y se deja macerar unos 15 min. Al tomate picado luego hay que añadir los 50 gr. de fresas y las cerezas abiertas por la mitad y sin hueso. Por otro lado, abrir la lata de almejas (o similares, sobra decirlo), escurrirlas y aliñarlas con pimienta y aceite.
La sopa debe servirse fría, con la picada de frutas y tomate y las almejitas por encima. Por último, una refrescante hojita de menta.
El otro día compré en Il Pastaio del Mercado de San Miguel apenas 200 gr. (lo que les quedaba) de ravioli fresco relleno de ricotta y alcachofas. Me encanta la textura de la pasta fresca, ver cómo crece mientras se cuece y no digamos probar cosas nuevas, así no me importó pagar la pasta a casi 10 €/K.
Para cocer la pasta hay que hacerlo en abundante agua salada (1 litro por cada cien gramos dicen los cánones). Esta la tuve 12 minutos cociendo. Luego la escurrí y la puse un buen chorro de aceite de oliva mientras preparaba la salsa de tomate.
Para la salsa puse a saltear unas gambas peladas, a las que añadí medio bote de tomate triturado, que freí durante unos minutos. Luego le puse sal, azúcar, una cucharada de albahaca fresca picada y una pizca de una mezcla de especias sicilianas.
La pasta tenía una textura estupenda, pero el relleno resultó tener más requesón que alcachofas. Aunque la salsa de tomate es muy usual para la pasta con alcachofas, a mi me parece que anula el sabor de la verdura, así que la próxima vez probaré con un poco de aceite aromatizado con ajos, no más, a ver si encuentro el punto idóneo.
Decepcionante. Con esa impresión me dejó la sopa de miso Blue Dragon (una marca que ya he comprado otras veces), no porque no estuviera buena, sino porque no contenía todo lo que yo esperaba.
La sopa de miso consta de un sabrosísimo caldito elaborado con caldo de pescado (dashi) y pasta de miso (soja) al que se suelen añadir daditos de tofu, algas wakame y rodajitas de puerro. Bien, pues la sopa de Blue Dragon, a diferencia de otras sopas precocinadas, no tiene tropezones (ya lo podía haber intuido yo al ver el tamaño del envase…).
¿Qué hice yo al descubrir el caldito tan solo? Añadir alga nori en copos y unos daditos de tofu (también Blue Dragon). Las verduritas se quedan para otro día. El resultado, un nutritivo primer plato para cenar:
Quedan pocas semanas para que llegue el calor, así que si decidís preparar este plato, no lo dejéis para mucho más adelante, porque tiene miga y un sabor fuerte, nada adecuado para la que se nos avecina.
Para cocer el pulpo se necesita una cazuela bien grande, en la que pondremos agua a calentar. Mientras tanto se van pelando patatas, de medio kilo a 3/4, dependiendo del tamaño del pulpo. Cuando el agua comience a hervir, se echa el monstruo de ocho patas, asustándolo hasta tres veces, se añaden las patatas y se deja cocer hasta que el pulpo esté tierno (40-45 min.)
Por otro lado, se cuecen cuatro huevos y se reservan.
En una cazuela plana, mejor si es de barro, se calienta un chorro de aceite de oliva y se rehogan tres dientes de ajo -sin picar- que luego se retiran. Ahora se trocea el pulpo con una tijera y se rehoga ligeramente en el aceite de los ajos. Cuando casi esté, se añade una cucharadita de pimentón y se le da unas vueltas.
Ahora el paso del mortero, en el que se machacan los ajos reservados, una yema de huevo de los cocidos, media patata cocida, perejil y un chorro del caldo de cocción del pulpo. Esta mezcla se añade al pulpo, así como la patata, ya troceada, el agua de cocción y un par de hojas de laurel y se pone a cocer durante unos 10 minutos.
Hay que aprovechar el tiempo e ir pelando y laminando el resto de huevos cocidos, que se añaden a la cazuela en el último minuto.
Hacía muuucho que no cocinaba canelones, así que para quitarme el antojo he preparado dos fuentes de canelones veganos. Estos son los ingredientes:
1 paquete de canelones
1 manojo de acelgas (750 gr.-1 K)
1 cebolla
100 gr. de parmesano
250 gr. de requesón
1 huevo
albahaca
harina
mantequilla
leche
sal
nuez moscada
aceite
Para empezar hay que limpiar y lavar muy bien un buen manojo de acelgas, que se cuecen en agua salada, dejándolas ligeramente enteras. Se refrescan con agua helada, se escurren muy bien y se pican sobre una tabla. Yo, como siempre tengo alguna verdura por el frigorífico a punto de fenecer, les añadí unas zanahorias ralladas en conserva. Se reservan.
En una sartén, se fríe una cebolla troceada y, cuando adquiera color, se añaden las acelgas y un ramillete de albahaca (o un par de dados de albahaca congelada) y se sofríe unos minutos. Rectificar de sal.
Es momento de cocer la pasta de los canelones o, en su defecto, hidratando las placas.
Mientras tanto, con la mantequilla, la harina, la leche, sal y nuez moscada, se va preparando una bechamel ligera, que se reserva caliente.
En un buen cuenco, se bate el huevo y se añade el requesón, que se tritura bien con un tenedor. Luego se añade el parmesano rallado, las acelgas y un par de cucharadas de bechamel. Ya tenemos la mezcla con la que rellenar la pasta.
Una vez escurridas sobre un paño las placas de canelón, se va disponiendo la mezcla de espinacas y se van enrollando y disponiendo en una fuente de horno. Solo queda naparlos con la bechamel y hornearlos durante unos 30 min. a 180º C.
Yo, que tan solo hace dos días que he aterrizado en la grata experiencia de la cocina peruana, voy a permitirme recomendaros a los que aún no habéis probado el ceviche (o cebiche), que lo hagáis.
El ceviche es, junto con el Pisco Sour, uno de los emblemas de la pujante cocina peruana. Se trata de pescados o mariscos macerados en limón, sal y especias como el ají y el cilantro -casi al estilo de nuestros boquerones en vinagre. Para mitigar el picante de la cebolla con la que se acompaña, suele servirse con yuca o patata, ya sean fritas o hervidas.
Este que aquí veis, con una rodaja de lima como decoración, está preparado con mero, y lo sirven en el asiático-peruano Hakkasan. A mi me gusta más cómo sirven el de pescados y mariscos -e incluso con moluscos- en D’Valeria, mucho más abundante y con variedad de ingredientes, como el maíz.
Uno de los mejores ceviches del mundo -dicen- se sirve en los restaurantes de Gastón Acurio, como el madrileño Astrid & Gastón. Para eso aún nos queda un trecho…
Dicen por ahí que la autoría del pastel de cabracho es de Juan Mari Arzak. Pues vaya por adelantado mi agradecimiento porque es un plato que me encanta.
Imprescindible un buen cabracho. Suelo comprarlo fresco y, si no voy a consumirlo enseguida, lo congelo. Lo que no recomiendo en absoluto son los medallones sin piel al estilo de los que vende La Sirena, no tienen ningún sabor.
Dicho esto, empezamos por cocer el cabracho durante diez u once minutos y, tras ello, la tediosa tarea de quitarle la piel, las espinas y desmenuzarlo.
En un cuenco grande, batir seis huevos y añadirles 250 gr. de tomate frito (perfecto en conserva), 250 gr. de leche evaporada (ya sabéis, la Ideal), un buen chorro de ketchup y la carne de cabracho. Mezclarlo bien.
Para cocerlo a mi me gusta usar un molde de plum-cake. Se engrasa, se espolvorea con pan rallado y se echa la mezcla. Y al horno al baño María a 180ºC hasta que esté cuajado -pero no seco. Sin miedo, que se desmolda con facilidad, y se deja enfriar.
Para darle alegría al pastel puede acompañarse de una picada de lechuga y tomatitos cherry, de un rosetón de mahonesa o salsa rosa o, como más me gusta a mí, de ese pecado venial que es la bechamel con pimientos rojos asados. Tan solo hay que preparar una bechamel, añadirle unos trozos de pimiento asado y pelado y batirlo con la batidora de mano. Esta rosada bechamel se extiende sobre el pastel y se decora con tiras de pimiento o con tomatitos cereza abiertos por la mitad.
Las fotos nunca hacen justicia a la carbonara, porque en cuanto se enfría un poquito, cuaja y no tiene buen aspecto, más con la terrible luz de mi cocina, aunque I promise que sigue estando rica rica.
Ayer alteré la receta de los spaguetis a nuestra carbonara. Por un lado, cocí los espaguetis en abundante agua salada y los puse a escurrir con un chorro de aceite de oliva. Por otro, troceé 150 gr. de bacón sin corteza y los salteé en su propia grasa. Una vez que el bacón ha tomado color, agregué medio calabacín lavado y troceado y salé. Todo a saltear. Por último, se me ocurrió añadir unas cucharadas de maíz en conserva. Ya tenemos los tres colores. Y, además de color, sabor gracias a la pimienta negra y al tomillo. ¿Fácil, no?
Es el momento de agregar la pasta y saltearlo todo junto. Mientras tanto, se baten tres huevos con una lata de leche evaporada, sal y un buen puñado de emmental rayado, se baja el fuego y se añade a la sartén. Unas vueltitas para que cuaje ligeramente y, al plato de inmediato.